Garabandal y la Palabra de Dios

Garabandal y la Palabra de Dios



        Veni + PAX 


Dios te salve, María, Reina de la Paz 

En el tercer domingo del Tiempo Ordinario, celebramos el Domingo de la Palabra de Dios. La teología católica de la Revelación parte de un hecho fundamental: la Revelación no es principalmente un conjunto de proposiciones, sino un acontecimiento salvífico en el que Dios se comunica en la historia. Esta comunicación alcanza su plenitud y definitividad en Jesucristo, el Verbo eterno del Padre, de modo que, después de Él, nada puede añadirse a la Revelación constitutiva (revelatio publica) confiada a la Iglesia (cf. Dei Verbum, 2-4). La consecuencia dogmática de este principio es clara: toda manifestación posterior de carácter místico o visionario se enmarca necesariamente en el ámbito de las llamadas revelaciones privadas, cuya función no es ampliar el contenido de la fe, sino facilitar su recepción histórica. 

El Magisterio afirma con precisión que tales revelaciones «no pertenecen, sin embargo, al depósito de la fe» y que su función es «ayudarnos a vivir mejor» la Revelación definitiva en un momento dado (Catecismo, 67). Por lo tanto, el discernimiento teológico de las apariciones marianas no puede basarse en la naturaleza extraordinaria del fenómeno, sino en la conformidad intrínseca de su mensaje con la Palabra de Dios ya revelada. El criterio último no es la intensidad de la experiencia, sino su sumisión objetiva al Verbum Dei tal como se transmite en la Escritura y se interpreta en la Tradición viva de la Iglesia. Es en este horizonte que se propone una lectura de las apariciones de Garabandal, no como fuente de nuevo contenido revelado, sino como una posible mediación espiritual que remite a la Palabra, particularmente a través de la figura de María como lugar teológico de escucha y recepción de la Revelación. La mariología católica reconoce en María no un elemento periférico de la Revelación, sino un lugar teológico único en el que la Palabra de Dios encuentra plena aceptación humana. 

La Anunciación no debe entenderse simplemente como una narración edificante, sino como un acontecimiento decisivo en la economía de la salvación: la Palabra entra en la historia mediante el libre asentimiento de la fe. La estructura del relato de Lucas (Lc 1,26-38) revela que la maternidad divina no es un hecho biológico aislado, sino fruto de la escucha obediente. El fiat de María no es una simple resignación, sino una adhesión consciente al plan revelado. Por lo tanto, la tradición patrística podría afirmar, con plena legitimidad dogmática, que María concibió al Verbo primero por la fe (fides conceptiva) antes de concebirlo según la carne. Esta perspectiva es crucial para cualquier reflexión sobre las apariciones marianas. María nunca es una fuente autónoma de revelación; es un icono de la Iglesia en la actitud fundamental de la fe, definida por la escucha, la acogida y la custodia de la Palabra (cf. Lc 2,19.51). Donde María es correctamente entendida, la Palabra permanece central; donde la Palabra se relativiza, la mariología se distorsiona. La frase de Caná —«Haced lo que Él os diga» (Jn 2,5)— no es una mera exhortación moral, sino un verdadero principio hermenéutico. María no la dirige hacia sí misma, sino hacia la obediencia a la Palabra de su Hijo. Cualquier espiritualidad que se precie de mariana debe evaluarse a la luz de este criterio estructural. 

El contenido espiritual atribuido a las apariciones de Garabandal no se organiza como un nuevo cuerpo doctrinal ni presenta pretensiones reveladoras. Al contrario, se caracteriza por una insistencia reiterada en temas que pertenecen al núcleo de la fe bíblica: la conversión, la penitencia, la fidelidad sacramental, la centralidad de la Eucaristía y la responsabilidad ante la salvación. Desde un punto de vista teológico, esto permite una primera observación relevante: la función atribuida a María en Garabandal no es reveladora, sino referencial. Ella no comunica verdades inéditas, sino que se refiere a la Palabra ya conocida y frecuentemente ignorada. Esta dinámica corresponde exactamente a cómo la Escritura entiende la función profética: no crear una nueva verdad, sino recordar, denunciar y reconducir. En este sentido, la experiencia de Garabandal puede interpretarse como una mediación espiritual subordinada, cuya inteligibilidad teológica depende de su relación con la Palabra normativa. 

Su valor espiritual no reside en la predicción de acontecimientos futuros, sino en la fuerza con la que sitúa al creyente ante las exigencias objetivas del Evangelio. La insistencia en la conversión y la penitencia constituye uno de los elementos más significativos de los mensajes atribuidos a Garabandal. Teológicamente, esta insistencia solo puede comprenderse a la luz de la estructura profética de la Palabra de Dios. Desde el Antiguo Testamento, la Palabra se manifiesta como una instancia crítica que desvela el pecado, denuncia la infidelidad y llama al retorno a la Alianza.

La metanoia no es un tema accesorio, sino una categoría constitutiva de la fe bíblica. Jesús inaugura su misión pública con un imperativo de conversión (cf. Mc 1,15), indicando que el Reino no es solo una promesa, sino una exigencia. Donde se silencia la conversión, se mutila el Evangelio. En este contexto, el llamamiento penitencial presente en Garabandal puede leerse no como una retórica alarmista, sino como una actualización de una dimensión estructural de la Palabra. La Escritura no anestesia la conciencia; la despierta. Como afirma la Carta a los Hebreos, la Palabra «juzga los pensamientos y las intenciones del corazón» (Heb 4,12). Una espiritualidad que elimina la gravedad del pecado contradice la lógica interna de la Revelación. Otro eje fundamental de la espiritualidad de Garabandal es la centralidad de la Eucaristía. Desde un punto de vista teológico, este elemento encuentra su fundamento último en la doctrina de la Encarnación. La Palabra no se queda simplemente en una palabra proclamada; Se encarna y permanece sacramentalmente presente en la historia. La teología joánica articula inseparablemente Palabra, fe y sacramento. 

En el discurso del Pan de Vida (Jn 6), la aceptación de la Palabra culmina en la comunión eucarística. La fe que no conduce a la Eucaristía queda incompleta; la Eucaristía que no brota de la escucha de la Palabra se convierte en un ritualismo vacío. María, como Madre del Verbo Encarnado, ocupa un lugar único en esta economía sacramental. Toda auténtica espiritualidad mariana conduce a la reverencia ante el misterio eucarístico, pues reconoce que allí la Palabra se ofrece de forma plena y real. La insistencia eucarística de Garabandal, leída en este contexto, manifiesta una coherencia teológica objetiva con la fe de la Iglesia. La dimensión escatológica presente en las enseñanzas asociadas con Garabandal debe entenderse a la luz de la teología bíblica del juicio. La Revelación cristiana afirma simultáneamente la misericordia de Dios y la seriedad de la libertad humana. El juicio no es una negación de la misericordia, sino su condición de verdad. La predicación de Jesús sobre el Juicio Final (cf. Mt 25) revela que la historia tiene un fin y que las decisiones humanas tienen un peso eterno. Olvidar esta dimensión genera una fe diluida, incapaz de sustentar la responsabilidad moral. 

Al recordar la posibilidad real de perder la salvación, la espiritualidad de Garabandal se alinea con una dimensión frecuentemente oscurecida de la Palabra de Dios. Finalmente, la referencia constante a la Iglesia y al sacerdocio debe situarse en el contexto de la eclesiología de la Palabra. La Revelación se confía a la Iglesia; es en ella donde la Palabra se interpreta, celebra y transmite auténticamente. María no se sitúa fuera de esta estructura, sino en su interior más profundo, como Madre y figura de la Iglesia. La oración por los sacerdotes no expresa sospecha institucional, sino conciencia de la mediación eclesial de la Palabra y los sacramentos. Amar la Palabra implica amar a la Iglesia concreta, con sus luces y sus heridas, sin ingenuidad, pero también sin ruptura. María no añade nada a la Palabra de Dios; Ella lo recibe, lo custodia y lo entrega. 

A la luz de la teología de la Revelación, las apariciones de Garabandal solo pueden entenderse legítimamente como una mediación espiritual subordinada, cuyo valor final reside en su capacidad de reconducir a los fieles a la escucha obediente del Evangelio. El criterio decisivo no es lo extraordinario, sino la fidelidad a la Palabra. Donde María conduce a la conversión, a la Eucaristía, a la seriedad de la vida cristiana y a la comunión eclesial, permanece fiel a su misión en la economía de la salvación. Como en Caná, su palabra sigue siendo una sola: obedecer a Aquel que es la Palabra definitiva del Padre. 

Desde la pequeña Ciudad de María, con oraciones y mi bendición sacerdotal. 

+ P. Viana 


Asociación del Apostolado de Garabandal, enero de 2026